La reciente final de la I Semana de la Croqueta de Álava ha dejado una clara vencedora: la croqueta “croquepiesdetxerri” del bar Waska, elaborada por Carlos Dávalos. Sin embargo, detrás de esta celebración gastronómica surge una pregunta incómoda: ¿puede todo el mundo acceder al local donde se sirve?
Desde Eginez, a través de nuestra campaña “No me quedo en casa”, queremos aprovechar esta situación para recordar que la accesibilidad sigue siendo una asignatura pendiente en muchos espacios de ocio de la ciudad. Compartimos a continuación la reflexión enviada a los medios.
Carta a la Directora / Carta al Director
Hay noticias que despiertan el apetito. La reciente victoria de la croqueta “croquepiesdetxerri” en la final de la I Semana de la Croqueta de Álava, celebrada en el Mercado de Abastos, es una de ellas. Su autor, Carlos Dávalos, del bar Waska, se ha alzado con el premio y todo indica que estamos ante una croqueta memorable. Crujiente por fuera, cremosa por dentro, con ese punto de genialidad que hace que un bocado se convierta en noticia.
Lamentablemente, algunas personas tendremos que seguir imaginando su sabor.
No por falta de ganas, ni de curiosidad gastronómica, ni siquiera de tiempo. El motivo es bastante más sencillo: el local donde se sirve esa croqueta es inaccesible para personas con movilidad reducida. Un escalón en la entrada, un comedor al que se accede por escaleras y un baño que tampoco está adaptado bastan para dejar claro que, en este caso, la croqueta premiada pertenece a una categoría muy particular: alta cocina… pero de acceso restringido.
Es una pequeña ironía gastronómica de nuestro tiempo. Celebramos con entusiasmo eventos culinarios, premiamos la creatividad de nuestros bares y presumimos de una hostelería que invita a salir, a compartir y a disfrutar de la ciudad. Pero, al mismo tiempo, hay una parte de la ciudadanía que sigue quedándose en la puerta.
Desde nuestra campaña “No me quedo en casa” llevamos tiempo denunciando precisamente eso: que el ocio, la cultura o la gastronomía siguen teniendo demasiados escalones —literales— para muchas personas. Y mientras tanto, desde las instituciones se nos anima con entusiasmo a enamorarnos del “turismo accesible”.
La pregunta, inevitablemente, surge sola: ¿accesible para quién?
Porque resulta difícil explicar a cualquier visitante que nuestra croqueta ganadora quizá sea extraordinaria… pero que hay personas que ni siquiera pueden entrar al bar para comprobarlo.
Así que sí, sentimos una enorme pena gastronómica. No poder probar la croqueta ganadora de Álava es, sin duda, una tragedia culinaria menor. Pero es también un recordatorio bastante claro de que la accesibilidad no debería ser un ingrediente opcional del ocio, sino una condición básica para que nadie tenga que quedarse en la puerta… ni en casa.